¿Fiesta nacional?
Tengo la costumbre, desde hace ya muchos años, de no perderme el desfile madrileño del 12 de octubre. El coñazo de siempre, en palabras de un presidente de gobierno de imperecedera fama por su hiperactividad irrefrenable, aunque a mí, desde joven y como antiguo participante, siempre me atrae. Estos últimos tiempos, además, siempre viene acompañado de elementos colaterales que dan su sabor añadido; cuando no es un paracaidista que se estampa contra una farola, es un jefe de la oposición que, ignorante del valor y alcance de los gestos, nos coloca, como país, entre los sospechosos habituales del Imperio. En otros tiempos, cuando éramos felices, inconscientes en nuestra ignorancia, la substancia estaba en los llamados “corros” que se producían durante el posterior vino oficial que se desarrollaba en el Palacio de Oriente y de cuyos susurros se desprendían jugosos chismorreos para periodistas y analistas políticos, suponiendo que sean cosas distintas. Hoy, sin la Princesa de Astu...