De la catedral de Friburgo al Burj Khalifa
Hace años, cuando vivía en Estrasburgo, solíamos escaparnos hasta Friburgo, muy cerquita de Suiza. Era un placer pasear sus calles y tomar algo en la plaza, al pie de su espectacular catedral. Una catedral gótica de una sola torre campanario que, aparte de su valor histórico y artístico, es profundamente amada por los habitantes de la ciudad. Forma parte de su esencia; sólo se le acerca, como institución, la Universidad, que acogiera al fabuloso Max Weber. Dicen los de allí que cuando, al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados decidieron arrasar, es decir dejar al ras, las ciudades alemanas mediante bombardeos de área combinados con los incendiarios -los nazis perdonaron a Roma y Berlín- le llegó el turno a Friburgo, con preaviso, como ahora hacen los israelitas en Beirut, la gente se subió a las colinas para librarse de las bombas, y desde allí contemplaron como todo desaparecía bajo el infierno aéreo. Todo no, la catedral quedó intacta. Un milagro. No había tal. El bomba...