De lo injustificable a lo comprensible
Hace unos años pasé un verano en Tanger, una ciudad maravillosa de la que guardo gratos recuerdos. No era turismo, sino estudios de árabe, que desarrollaba en una escuela de idiomas de uno de los grandes barrios de la ciudad, junto a una mezquita, a la que todos mis compañeros acudían a media tarde para la oración correspondiente. Desde Tanger subíamos cada quince días a Ceuta para hacer la compra, y pasar la tarde en la agradabilísima ciudad española, cargada de sabores y lugares históricos de todo tipo, pero en la que resulta difícil, al menos para el forastero, sustraerse a la sensación de encontrarse en una isla, pues el mar al norte, por muy cerca que se encuentre la península, supone una barrera natural que, pese las modernas líneas de ferris, los crónicos temporales de Levante o Poniente se encargan cíclicamente de recordar a los ceutíes. Y por el sur, los montes y la frontera física, indudablemente mejorable en su capacidad de cierre, representan otro elemento de aisl...