Otoño de Nobel
Están los praos del Tragamón a primera hora de la mañana para hacerles un retrato. La rosada caída durante la noche, en combinación con los bajos rayos de sol recortados por los ablanos que bordean alguna de las calles del campo, dejan una atmósfera única, cargada de soledad y que la huella de un único carro de un jugador más madrugador parece encargarse de subrayar. Más allá, al otro lado de ese rio Peña Francia, apenas un arroyo en estos días de escasas lluvias, se hace difícil ubicar la bola entre los muchos champiñones aparecidos últimamente y que nadie recoge en esta Asturias de exigua cultura micológica; muy lejos de aquella Navarra donde es segunda religión, aunque con más practicantes que la primera. Allí todo el mundo sabe de setas y hongos, no hay temor a recogerlos; aquí, pese al esfuerzo de algunas sociedades, no tenemos tradición y ese preciado botín gastronómico se pierde todos los otoños en nuestros prados y bosques sin que casi nadie las apañe. Ye lo que hay. ...