La plaza de Pablo
Confieso mi estupor ante la
ordinariez del señor Iglesias Turrión, y utilizo este sustantivo femenino para
evitar entrar en otros calificativos en los que, quizás, la calentura del
teclado pudiese llevarme a caer, y que, a buen seguro, estarían cerca de la
coprolalia, esa expresión de la grosería que se aproxima al ataque personal.
El señor Iglesias, antes el
Coletas, está perdiendo olfato político. Hace ya un tiempo en mi opinión, pero,
a cada oportunidad que se le presenta, aprovecha para aplicar el pico en el
cavado de su propia tumba, política por supuesto, y, en esta ocasión, con su
participación en esa ¿inoportuna? ¿estrambótica? ¿deleznable? excursión de
figurines de la izquierda radical a la ciudad de La Habana, en medio de la
posiblemente mayor crisis económica, de las muchas que ha sufrido la isla desde
1959, no hace más que confirmar esa apreciación respecto a sus capacidades
políticas actuales, y también futuras.
Estos lumbreras han sido un faro
para los habaneros durante su estancia en la ciudad, pero no crean ustedes que
por sus proclamas o sus acciones humanitarias; lo han sido por su estancia en
el hotel Bristol Habana, de cinco estrellas y recientemente reabierto por
Melía, en la antigua ubicación del hotel creado por el asturiano Etelvino
Alfonso Trapiello en 1924, un joya de entonces, que tras la revolución fue
expropiado y reconvertido en una Cuartería, es decir, algo así como una
decuplicación de espacios a la cubana; sin aumentar el espacio, simplemente
aumentando los tabiques y los cuartuchos para que los sucesivos hijos y parejas
se vayan acomodando.
El hotel es el único que estos
últimos días, de apagón, mantenía las luces, y es de suponer que también las
comodidades inherentes a su nivel alberguero, como la piscina panorámica en su
terraza frente al capitolio. Aunque bueno, los habaneros no se habrán enterado,
pensarán ustedes, y es posible que así sea pues los informativos del régimen
apenas tienen audiencia, y el diario Granma sólo lo compran los viejos para
poder revenderlo a los turistas, y estos días apenas hay turistas en La Habana
.
No contento con el disfrute del
hotel, al señor Iglesias no se le ha ocurrido otra cosa que darse un paseo,
acompañado de alguien que lo grabase en modo solitario y pensativo líder, por
la Plaza de la hoy conocida como de la Revolución, con pose incluida en la
gigantesca estatua del referente patrio, José Martí, hijo de suboficial
artillero español y licenciado en la universidad de Zaragoza ¿cómo era aquello
de los cuervos?, para después ensimismarse mirando las efigies, en los
edificios del fondo, del Ché, Camilo Cienfuegos y Franz País, referentes del
castrismo.
Quizás Iglesias debiera saber que
la plaza la diseñó Forestier en 1920, y la acabó el dictador Batista en los 50,
y que su adorado Fidel Castro sólo puso esas efigies en la pared, lo único que
ha hecho la revolución en La Habana en más de 65 años. Ye lo que hay.
Raúl Suevos
A 24 de marzo de 2026

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