Gof y toros, similitudes impensables
Esta semana he repartido mi consumo televisivo entre dos actividades que, a primera vista, pudieran parecer muy alejadas, y algún lector habrá que considere mi apreciación casi ofensiva, aunque, ciertamente, no sabría decir desde cuál de los dos campos se recibiría esto como tal. Quizás desde los dos.
El caso es que, para alegría y regocijo de aficionados, el canal andaluz ha ofrecido la feria taurina de abril en abierto, lo que nos ha permitido disfrutar de algunos momentos memorables del Arte del toreo -lo he escrito con mayúscula intencionadamente- con el regreso de Morante, y la asistencia del rey Juan Carlos, como momento cumbre, quizás.
Y en otro rincón del panel televisivo existía la posibilidad de acompañar a los gladiadores de golf en su periplo por los terrenos del Augusta National Golf club, donde se competía por el primer master del año y quizás el de más renombre y resonancia entre los de esa categoría. Todo un evento de repercusión mundial y económica que va, como es fácil suponer, mucho más allá del alcance de nuestra Fiesta Nacional.
En Augusta priman las tradiciones previas, como esa cena de campeones; en los Toros todo está reglado, como esa magnífica entrada/desfile de las cuadrillas ante el público, en ese marco espectacular que es la Real Maestranza de Sevilla. Después hay que entrar en faena, en ambos entornos, uno abierto y el otro, como los anfiteatros romanos, cerrado; con el público, expectante y observante, de traje y corbata en Sevilla, ligero y en tonos verdes en Augusta; magnolias y azaleas allá para enmarcar la acción, y el dorado albero sevillano cortado por el rojizo burladero, y por encima las arcadas clásicas del templo taurino, en Hispalis.
Pero es quizás en los momentos cumbre de ambos ejercicios atléticos cuando se pueden observar las mayores similitudes, o al menos eso me parece a mí, aficionado a los Toros y practicante del golf. Y llego a esa conclusión viendo la tensión contenida en el rostro de ese MacIlroy encaminándose al último golpe en el 18, concentrado, mirada huidiza, resoplando, pensando en el hierro e imaginando la parábola perfecta que debe dejar la bola cerca del hoyo; quizás también en su pensamiento bailen los cuatro millones de premio y el prestigio que conlleva.
En Sevilla contemplo parecida tensión. Allí el prestigio es similar, el premio económico mucho menor, pero en los pitones del toro cabalga la muerte, y el torero lo sabe, y lo podemos ver en su mirada, tensa, concentrada y vigilante ante la salida del morlaco. No son varias horas como allí, es un tiempo tasado en minutos, en el que la pasión y el conocimiento del público, a falta de tarjeta a rellenar, dirá quién es el campeón. Arte y peligro, ye lo que hay.
Raúl Suevos
A 17 de abril de 2026
Traducción en llingua asturiana en abellugunelcamin.blogspot.com

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