El último merendero urbano
Ayer jueves fue el primer día de
calor veraniego en Gijón. Hoy ha hecho mucho más calor, ambos días, en todo
caso, eran esperados, y tras tanta agua cabría añadir que deseados. Y a mí,
ayer, como en otras ocasiones del tiempo de estío, volviendo a comer a casa y
cogiéndome de camino, me vino el antojo de tomarme una sidra en el merendero de
Casa Arturo. Pero ya no existía la posibilidad.
Antes de girar para buscar el
aparcamiento recordé que ese maravilloso restaurante, sidrería, chigre y
merendero, cerró sus puertas el pasado mes y, por lo tanto, nos hemos quedado
huérfanos del último merendero urbano que tenía la ciudad. Ya perdimos hace
unos cuantos años el del Puentín, allí mismo, a sólo unos pasos y asomándose al
rio Piles, pero lo de Casa Arturo es, quizás, más doloroso, pues significa
decir adiós a un Gijón que se desvanece y que ya no volverá. Es imposible.
Ahora lo de nuestra ciudad son
los fast-food, y lo escribo así, en inglés, tratando de subrayar la repercusión
cultural que entraña ese crecimiento exponencial de ese tipo de
establecimientos en el entorno del centro-muelle de nuestro Gijón del alma. Ye lo
que hay. Es decir, la modificación, suave y sin pausa, del dominio cognitivo en
el que se desenvuelven las nuevas generaciones; que, en lo tocante a
tradiciones, como la tan traída y cacareada cultura de la sidra, ya apenas
tiran del escanciado y se decantan por las formulas del tapón escanciador. Que
no es lo mismo.
En casa Arturo tampoco se podía
cantar. Eso ya lo prohibieron hace tiempo, por inconveniente decían, y con ello
desaparecieron los cancios de chigre. Pero en su merendero aún podías sentarte
a disfrutar de unos momentos, sólo o acompañado, y echar tú mismo unos culetes,
mientras pensabas en la musarañas, en lo guapa que era nuestra tierra, en los
coñazos del trabajo, o, simplemente. conversar con tus acompañantes.
Además de eso, si querías quedar
bien con familia o amigos, podías ir allí a disfrutar de su calderete, o, para
los de pico fino, su repollo amariscado, incluso sus extraordinarios
chipirones; pero yo, en verano, guardaba siempre una ocasión para encargarle su
ventresca de bonito al horno que, me temo, desaparecerá ahora del cartel
gastronómico de la ciudad. Una pena.
Lo de Arturo no ha sido una
traición. Llevaba tiempo, la edad no perdona, queriendo traspasar el negocio,
según el mismo nos trasladó, pero no encontraba nadie con capital y ganas para
hacerse cargo del desafío, y al final será una operación inmobiliaria la que
tome el relevo de una Casa que durante más de sesenta años sirvió a los
gijoneses.
Raúl Suevos
A 22 de mayo de 2026

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