La emoción de un golpe

 

No es el campo de golf del Tragamón un lugar muy llamativo. Fuera de sus habituales usuarios, pasa desapercibido para la mayoría del personal pues, aunque se puede decir que se trata de un campo urbano, se encuentra como acorralado por distintas instalaciones o infraestructuras; al norte el campus tecnológico de la universidad le da un toque de modernidad; en cambio, al suroeste, las frondosidades del jardín botánico, con su aspecto selvático en la salida del ocho, le proporcionan un enorme aire de naturaleza primigenia. Por sus partes bajas el rio Peña Francia, modesto, pero con un cierto toque de naturaleza virgen, donde aún proliferan familias de ánades y algunas garcetas, completa un cuadro que hace que los jugadores más asiduos lo aprecien enormemente y no estén dispuestos a cambiarlo por su hermano mayor, que lo contempla altivo desde las alturas del Infanzón.

Estos días, tras los vientos del nordeste que casi lo agostan la semana pasada, no se muestra con su mejor semblante; y la pequeña ola de calor que acabamos de sufrir ha venido para rematar la faena, a la espera de que alguna noche de orbayu mitigue la sequía de sus amarillentas calles. Pero poco importa todo esto si la mañana se muestra benigna para el jugador aficionado, en algunos de los lances más repetidos y frecuentes, como la salida del dos.

Es ésta, la segunda calle del campo, también la segunda en dificultad, pues en medio de la salida, un enorme platanero, gigantesco a la vista del jugador mediano, el “arbolón”, obstaculiza el disparo directo hacia adelante lo que obliga al golfista a ejecutar un golpe en “fade”, es decir, a construir una parábola controlada en la que la bola vuela inicialmente a la izquierda para ir progresivamente combándose hacia la derecha, para acabar en el lugar que el jugador había preestablecido.

Es un golpe que en la circunstancia del Tragamón, es decir, con el rio limitando la calle por la izquierda, dificulta enormemente la acción, y en mi caso llevaba ya un tiempo amargándome el inicio de la mañana, con incontables bolas enviadas al agua, para susto de las pocas y pequeñas truchas que disfrutan del afluente del Piles. Hoy, por fin, y en compañía de dos correligionarios, para dar fe, he tenido el placer de dibujar esa línea que separa la frustración del gozo, lo que ha coadyuvado, quizás por la euforia, a que el resto del juego discurriera por niveles inusualmente altos para mi nivel golfístico.

Fue sólo un momento, mañana sabré si casual o fruto de los muchos intentos previos, pero la satisfacción y el placer, aunque efímeros y fugaces, hicieron de ésta, una partida, un instantes, para recordar.

Raúl Suevos

A 25 de junio de 2026

Traducción en asturiano en repdiv.blogspot.com 


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