Trote sin estribos en el Congreso
Se ha ido de vuelta al Vaticano el Papa dejándonos en la retina, como despedida, la imagen del avión de Iberia, de nombre Picos de Europa, al que uno de sus motores no le funcionaba. Una imagen que, imagino, supone un serio baldón para la compañía, aunque, para compensar, la pronta reacción de el rey de España, ofreciendo su propio aparato para que el Pontífice pudiera regresar, nos reivindica a nivel internacional, después de una semana de absoluto éxito desde el punto de vista organizativo y de respuesta de los aún numerosos católicos de nuestra nación. Ye lo que hay.
En el aspecto político la visita se mide por los analistas a partir de los diferentes discursos emitidos por Su Santidad. Todos ellos muy medidos y adaptados a la audiencia y el lugar del momento, como el dedicado a la Conferencia episcopal, con su referencia a los casos de pedofilia, o encubrimiento de la misma, habidos en el seno de la Iglesia. Aunque entre todos los parlamentos de León XIV quizás haya sido el de las Cortes, reunidas en el Congreso de diputados, el que más ha dado que hablar en los días sucesivos. Y aún sigue.
Y es que el discurso, por su contenido y la duración de los aplausos a su finalización, tiene médula para alimentar las escribanías durante bastante tiempo. Ya que en lo tratado por el Papa casi nada de lo que ocupa a nuestra clase política quedó sin tocar, y ello con indudable tono de reconvención. Hubo palos, eufemísticamente, para todos los grupos representados, que lo escuchaban en respetuoso silencio a lo largo de su espiche. Y quizás por ello llama tanto la atención los siete minutos de aplausos que siguieron a su finalización. ¿Habían fumado algo? ¿Todos?
La situación me recordó una historia de mis tiempos de cadete de primero en la Academia General, en la que, por aquel entonces, la equitación era una asignatura obligada. Empezaba ésta con las clases de volteo; un asunto casi de circo, pero normalmente sin consecuencias lesivas para el físico del cadete. Después empezaba lo serio, que acababa siendo sangrante en la parte interior de los muslos, si te tocaba determinado capitán profesor. Y es que el tipo mantenía el criterio de la necesidad de dominar, por el alumno, el trote sin estribos, y así nos tenía toda la hora dando vueltas en el picadero.
Caerse era la salvación, pero nadie quería ser el primero, pero, cuando un valiente se dejaba ir a la arena, era seguido, casi de inmediato, por una buena docena de compañeros. Y a mí, me parece que eso les pasaba a diputados y senadores; nadie quería ser el primero en dejar de aplaudir.
Raúl Suevos
A 14 de junio de 2026
Traducción en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com
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