¿Arderá Paris?
El verano de 2006 me pilló finalizando mis dos años de destino profesional en la capital de Alsacia, Estrasburgo; una región que recibe millones de turistas cada año por los indudables atractivos, en diferentes áreas y dominios, que atesora. La ciudad es sin duda el principal aliciente de la región, y, en ella, la conocida como la Gran Isla, su barrio antiguo rodeado por grandes canales, con su gigantesca catedral gótica, es el faro que atrae miríadas de insectos disfrazados de turistas.
En ese panal de miel, con forma de almendra, encontramos la Plaza Kleber, cuadrangular, con hermosos edificios de factura medieval los antiguos y prusiana los modernos, y, dominándola, la estatua de aquel general alsaciano al que Napoleón dejó abandonado en Egipto, cuando los hijos de la Gran Bretaña acabaron con las maduras, dejándole sólo las duras. Ye lo que hay.
Junto a esta plaza tenemos la de l’Homme de Fer, mucho más moderna, y donde se cruzan las dos líneas del entonces modernísimo tranvía de la ciudad. Y dominando las dos, desde su punto de fricción, la Torre Valentin, un edificio de catorce pisos -yo vivía en el octavo- de estilo brutalista y que rompe con el clasicismo de todo el casco histórico, aunque aporta a sus habitantes unas vistas esplendidas sobre la Selva Negra y los Vosgos, y también sobre lo que sucede a sus pies.
Estrasburgo cuenta con una numerosísima población magrebí, algo que yo sabía, pues mi batallón, el del Cuartel General del Eurocuerpo, tenía, tiene, su cuartel en el barrio de Neuhof, banlieu de la ciudad, y allí, cada Navidad, teníamos que poner a buen recaudo los medios auto para evitar las efusivas e incendiarias celebraciones del Fin de año, o lo que fuese.Durante el Campeonato del mundo, las sucesivas victorias de la selección francesa congregaban bajo mi ventana una multitud de jóvenes que acaban llenando las dos plazas, traídos por los tranvías, para después desparramarse por el centro antes de subir andando hasta sus barrios, con tanto de algarada, pero sin que la cosa llegase a arder. Y todo ello con el detalle de la ausencia de la bandera francesa, pues todas las que se podían ver eran de países del norte de Africa. Cosas.
Para la final, contra Alemania, selección anfitriona y cordial enemigo histórico de Francia, la situación cambió radicalmente, en cantidad, pues pareciera que no quedara un alma en los barrios de las afueras, todos aparentaban estar en el centro, y por la radicalidad, pues desde el fin de la derrota aquello se convirtió en un campo de batalla urbano, en el que la policía parecía llevar las de perder. En la capital fue peor.
El jueves juegan Francia y Marruecos ¿Arderá Paris?
Raúl Suevos
A 5 de julio de 2026
Traducción en llingua asturiana en abellugunelcamin.bolgspot.com


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