Cola en el Bibio
Venía yo por esa avenida que, con sentido único y varios carriles, comunica la parte alta de la ciudad con la Guía y, por supuesto, la hermosa plaza de toros de Gijón. Como quiera que iba sin prisas pude pararme justo antes de llegar al Codema y disfrutar, con pena por su estado de abandono, de la finca de dos plantas en estilo racionalista que allí resiste, con un jardín que va convirtiéndose en selva y una terraza que es dudoso que nadie la utilice pues su espacio visual está copado por los altos edificios que ahora la ahogan. Pasto para nuevas edificaciones parece su más que probable futuro. Ye lo que hay, supongo.
Allí, por aquello del sol, que ya pegaba, cambié de acera y seguí mi camino hacia el coso taurino, a cada paso más contento pues parecía que no había personal en las inmediaciones de la taquilla, lo que me prometía un trámite rápido, pero, unos minutos después, ya superado el hospital de Begoña, y aproximándome a la esquina con la Carretera de la Costa, empiezo a vislumbrar que sí, que hay cola, pero hacía el otro lado, y, un poco más allá, descubro que ésta dobla en dirección al norte, como si quisieran rodear al edificio.
Una cola tremenda, con personal munido de sillas plegables que indican una profesionalidad que a mí me queda muy lejana, aunque no sabría decir si por aversión a las colas, tendencia al dolor de espalda, o simple falta del suficiente amor a la fiesta taurina como para afrontar varias horas allí de pie, sin siquiera tener la certeza de, al final, conseguir las entradas que uno busca, pues el tendido de sombra no es infinito y uno ya no tiene edad para resistir en los tendidos soleados si, como parece indicar lo que llevamos de verano, sale una buena tarde en lo climático.
Tras menos de un minuto de pensarlo tomé la decisión de abandonar y me fui cavilando en dirección al Muro. No había allí algarabía alguna, en la cola, al contrario de cuando los antitaurinos se manifiestan. No se veía ningún aspecto personal atrabiliario, al contrario de los que quieren la muerte del toro de lidia, entre los que aprecio todos los veranos variopintos aspectos, algunos de ellos para provocar un susto si uno se los tropieza al doblar una esquina. Era aquella una cola de gente tranquila, con apariencia de expresar su opinión a través de los aplausos, los ohh de sorpresa, o los pitos llegado el caso, ante algún lance de disgusto. Eran todos ellos gente de apariencia muy normal que, con su presencia allí, y después llenando la plaza, lanzan un grito de amor a la Fiesta Nacional. Y que dure.
Raúl Suevos
A 4 de agosto de 2026
Traducción en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

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