Al final del camino

 

Anda medio mundo preguntándose el porqué de los sucesos, disturbios, de estos últimos días. Algo inexplicable para algunos, y, sin embargo, perfectamente previsible para otros, En todo caso, parece claro que, en el mejor de los casos, se trata de indicadores de un desasosiego social que preocupa a la ciudadanía profundamente, y obliga a los dirigentes a tomar medidas, aunque por el momento parece que sólo se les ocurren las represivas.

A mí, de entrada, me parece que el mal viene de lejos. Está inscrito en la raíz de este maravilloso estado de bienestar que venimos disfrutando desde hace ya bastantes años, en el que existen una serie de amortizadores sociales, que van desde el sistema de pensiones, cada día más amplio en casi todo Occidente; los sistemas sanitarios, casi todos con tendencia hacia la sanidad universal, como en el caso español, y con un coste exorbitante a medida que la población envejece; y todo tipo de subsidios a organizaciones o personas, algunos de ellos de difícil justificación, y estoy pensado, por ejemplo en los cientos de euros que se dan a los jóvenes para gasta en “cultura”.

Todo ese estado, puesto en marcha inicialmente por los británicos en el periodo de entreguerras, ha supuesto una mejora innegable para las poblaciones occidentales, pero desde hace años las cuentas no acaban de salir, y el personal no está dispuesto a ceder lo que ahora consideran un derecho, como en el caso francés, con un sistema pensionístico de difícil o imposible mantenimiento. Al final las expectativas, o la falta de ellas, en las nuevas generaciones, dan como resultado estallidos de violencia, con distintas chispas iniciadoras: vivienda, escuela, coste de la vida, inadaptación cultural, etc. que ponen en un brete a los distintos gobiernos que, en general, no parecen dar con la tecla para salir de este atolladero.

Recuerda todo un poco a lo descrito por Spengler en su “Decadencia de Occidente”, en la que el ciclo de la cultura, devenida civilización, se cierra con la llegada de los estallidos de violencia que dan paso a gobiernos cesaristas, algo que, en su caso, se fue cumpliendo tras la Gran Guerra. Esos gobiernos significan el fin de esa civilización, que antes fue cultura, y dan paso a la supremacía de otras en otras partes del mundo.

Europa se encuentra, quizás, en ese periodo final, que no tiene por qué ser irreversible, pero que, para encontrar solución, necesitaría de unas clases dirigentes que actualmente no parecen mostrar la categoría necesaria para resolver los grandes problemas que acosan sus estados, y que están en la génesis de los problemas de orden público de Paris, Milán o Madrid. Ye lo que hay.

Raúl Suevos

A 23 de octubre de 2026

Traducción en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com 


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