De Estocolmo a Buenos Aires, en alquiler
Los adolescentes de mi generación, coincidiendo con el mayo parisino del 68, teníamos un mito, Suecia; pero no crean ustedes que el asunto venía por el lado de las suecas, que también, era por el conjunto, que nos llegaba en las páginas de un libro que entonces hacia furor, “Suecia, infierno y paraíso”, del italiano Enrico Altavilla, del que nos quedábamos, obviamente, con la parte paradisíaca.
Aquella socialdemocracia parecía la solución para el hombre moderno, también el del futuro, el de hoy, para entendernos. Pero la realidad siempre se impone sobre los que venden duros a cuatro pesetas. También allí, en Suecia, donde en el desarrollo de ese estado benefactor se lanzaron a promover leyes, también a construir, que facilitaran el acceso a un alquiler asequible a la población.
Hoy aquello es un infierno donde las esperas para acceder a un alquiler, según las zonas, pueden llegar a los veinte años, y ya no son tan asequibles, ni mucho menos. Además, el sistema trajo la concentración por razas o religiones, es decir, los viejos guetos. Hoy allí están empantanados en una maraña de leyes y normas que imposibilitan encontrar una solución si no se hacen cambios profundos.
De la Argentina no tengo ningún libro adolescente, más allá del “Martin gaucho”, que no viene a cuento, creo, como tampoco Facundo Cabral, cuyas canciones y vida me encantaban -aún recuerdo su recital en el Jovellanos- y que terminó atropellado, él y su caballo, por un camión en el arcén de una carretera pampeña.
Allí, desde Hipolito Irigoyen para acá, que dejó el poder en 1930 mediante golpe militar, del que ya formaba parte un tal Juan Domingo Perón, que venía de tomar notas en la Roma fascista en cuanto agregado miliar argentino, no han tenido más que infierno, tanto si en la Casa Rosado había uniforme militar o traje de raya diplomática, o bién falda femenina. Ye lo que hay.
Ahora, elegido por ellos, tienen a Javier Milei, un economista de ideas radicales que, aprovechando que los “chés” están al cabo de todo, tras tantos años de ruina de uno de los países más ricos del mundo, ha puesto patas arriba la economía nacional, con métodos radicales que la macroeconomía ha recibido con alborozo y resultados sorprendentemente buenos. La microeconomía, la de las familias, va más lenta, pero, al menos, no va tan mal como antes.
En lo de los alquileres ha tirado por la calle del medio. Liberalización total; todo se acuerda entre arrendatario y propietario, hasta la moneda de pago, y, por supuesto, la duración del contrato. El estado sólo entra para asegurar la propiedad, es decir, los desahucios, llegado el caso. Y lo resultados parecen haber sido inmediatos. Los precios han bajado, no exageradamente, y la oferta se ha casi doblado.
Ni Estocolmo ni Buenos Aires, lo nuestro es otra cosa.
Raúl Suevos
A 3 de octubre de 2026
Traducción en llingua asturiana en abellugunelcamin.blogspot.com

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