Sidra, el debate
Pese a presumir de playos, la noche del pasado martes cometimos dos errores, como aquellos que ahorcaron en falso a Clint Eastwood en la peli de nombre similar, si bien nosotros no tratábamos de tomarnos la justicia por nuestra mano, solamente queríamos tomar una docena de oricios.
El caso es que ya, mientras nos metíamos a cobijo, pues en la terraza bajo los soportales de la plaza del Ayuntamiento la lluvia y el viento daban al asunto un tono bien desapacible, caímos en la cuenta de que, en primer lugar, con los días que llevábamos de mala mar era dudoso que hubieran entrado oricios para su venta, y, además, y en segundo lugar, aunque era martes, estábamos tras el largo puente con casi todo cerrado, y así, mientras finiquitábamos un blanco de albarín de la tierra de Cangas, pudimos comprobar vía teléfono que los oricios eran vana ilusión.
Aceptada la derrota, y buscando mitigar en lo posible los daños, tomamos la ruta de la Guía, a través de un ciudad semidesértica que contrastaba con las multitudes del inicio del largo puente, sabiendo que en Casa Arturo, a buen seguro, encontraríamos refugio y condumio con la certeza que ofrece saber en la cocina al dueño de la Casa. Y así fue.
Con el chigre bien animado, tomamos asiento en la esquina de fondo y nos decidimos por esos espectaculares chipirones en su tinta que son inigualables por su terneza y sabor, para cerrar con otro clásico, el hígado encebollado, y todo ello recibido con una tacita de caldo de pescao para abrir boca. Un planazo.
El lugar y la semana reclamaban acompañar la pitanza con una buena sidra y la oferta de la casa fue esa gijonesa de nombre de malvado de serie yanqui, aquella Dallas que tantas noches familiares entretuvo, en su versión de denominación. Acabamos con dos botellas, bien echadas, y que dieron para la discusión del título de esta tribuna.
Hasta algún sumiller ha entrado en el debate actual sobre el futuro de la sidra, sobre si en sidrería no se debe permitir el corcho dosificador, sobre si los isidrines de turno rompen demasiado la sidra, y, en torno al maridaje de la sidra con la oferta culinaria y su necesaria profesionalización en desarrollo, al modo del vino. Todo un mundo de controversia que se abre ante el nuevo Patrimonio inmaterial de la humanidad. Ye lo que hay.
A nosotros la discusión sólo nos llego al tamaño del culete, particularmente en la mesa y comiendo. ¿No es demasiado grande el culete de a seis la botella? ¿No sería más adecuado, para la mesa, una medida de diez la botella? Mas trabajo sería para el escanciador, seguro, y quizás se consumiese menos, pero el culete tradicional parece demasiado grande mientras se come, especialmente para foráneos. Ahí lo dejo.
Raúl Suevos
A 12 de diciembre de 2024
Traducción en llingua asturiana en abellugunelcamin.blogspot.com
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