La música de cada época

 

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A finales del 2012 vivía en La Habana, y había tenido oportunidad de disfrutar en directo de Elíades Ochoa, aunque llegué tarde para Compay Segundo; ambos referentes del Son Cubano, al que, entre otros, el Buenavista Social Club pusiera de moda en todo el mundo. Para entonces, ya había muerto la gran Celia Cruz, y Bebo Valdés se iría un año después, ambos sin poder volver a pisar su tierra cubana por decisión de Raúl Castro. Sus cadáveres aún esperan regresar algún día.

Lo cierto es que la música del entorno caribeño siempre me ha gustado, empezando por la Cumbia, siguiendo por el Merengue, y llegando incluso hasta la Bachata, pero entendiendo que todos esos sones y tendencias viajan a caballo de los tiempos, y estos acomodados a las variaciones de la cultura; antes con carácter nacional, o regional, y ahora con alcances globales. Ye lo que hay.

En ese final de 2012 ya el Reggaetón empezaba a pegar fuerte, y no me convencía, tampoco el famoso perreo, aunque me veo obligado a dudar de mí mismo teniendo en cuenta la edad con la que me alcanzó. Pero, para mi sorpresa, el propio Raúl Castro, ya entonces monarca absolutista y absoluto de los designios cubanos, entró en el asunto mediante un decreto cargado de prohibiciones respecto a esta corriente musical, a la que tachaba de chabacana, vulgar, sexista y contraria a la cultural nacional de Cuba, cualquiera que ésta sea.

No es necesario explicar que esta vez Raúl Castro, inspirador de los fusilamientos propios en la Sierra Madre, después, de las depuraciones sangrientas tras la caída de Batista, y también de los últimos fusilamientos del general Ochoa y sus subordinados, no tuvo ningún éxito en su campaña, y hoy el Reggaetón es un fenómeno mundial.

A Bad Bunny, conejito malo, no lo sigo; de hecho, sigue sin gustarme el género. Tampoco el futbol yanqui, ni el beisbol, pero el otro día, en diferido, y ante el follón desatado tras la Superbowl, me decidí a investigar el asunto… y aún estoy impactado. Y es que, aunque cueste entender las letras, por la precaria vocalización -Trump tampoco lo entendía- aunque todo parezca un gran tumulto, aunque a ratos no sepas a qué atender, el resultado es grandioso. Un espectáculo total condensado en 12 minutos, con una cascada de mensajes, más allá de la impactante coreografía, o la acción del protagonista o sus invitados. 

Los analistas políticos, los musicales y los deportivos han quedado en segundo plano, ven el evento como una acción de impacto duradero, mucho más allá de lo que puede hacer un concierto de dos horas. Y puede que estén en lo cierto. Al menos muchos en los EEUU se habrán enterado de hay una América más allá y dentro de sus fronteras, y del ICE.

Raúl Suevos

A 10 de febrero de 2026

Traducción en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com 

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