No hay remplazo, pero hay peligro

 

Parecía que las oleadas de indignación popular que los “sucesos” de Gaza provocaron, orquestadas por la izquierda regresiva, habían pasado a mejor vida tras la finalización de los combates sobre el terreno y la subsiguiente tratativa para el intercambio de rehenes y cadáveres de una y otra parte. Ahora se había entrado en la etapa de las elucubraciones urbanísticas de la mano del yerno del ogro anaranjado. Algo más prosaico, aunque menos sangriento.

Allí cerca, en la vecina Siria, ahora bendecida con una visita a la Casa Blanca de su líder, yihadista islámico reconvertido en estadista, las cosas de la política aún están lejos de apaciguarse, pues entre el cobro de la “justa” venganza contra la etnia de los Assad, hoy sometidos a parecida persecución a la que ellos perpetraron, también se trata de “recolocar” a los peshmergas kurdos, empujados hacia el norte por las fuerzas de Damasco y abandonados por sus “padrinos” yanquis. Cosas del petróleo. Ye lo que hay.

Y ahora, al parecer, es el turno de los chiitas duodecimanos, ¿o erán septimanos? que gobiernan la antigua Persia con la mano dura, sangrienta, que sólo los regímenes teocráticos son capaces de emplear, pues es sabido que, en el nombre de Dios, todo, hasta las mayores fechorías, se puede justificar.

Y es que, si ustedes se fijan, el Islam, credo religioso o político, lo que ustedes prefieran, impera en un enorme número de países, desde la lejana Oceanía hasta las costas atlánticas; dándose el caso de que en ninguno de ellos se da lo que nosotros, Occidente, entendemos como sistema democrático. Más aún, allí donde hay Islam se da también la ausencia de libertad individual, entendida esta como la libertad de pensar, leer, elegir, o simplemente irse.

En Europa, heredera de un humanismo basado en lo griego, latino y cristiano, tenemos lo contrario, libertad absoluta, tamizada si ustedes quieren por redes de poder más o menos sutiles o evidentes, pero libertad. Quizás por ello nos llegan oleadas de emigrantes desde esos países que antes citábamos, y que vienen con unas vivencias político-religiosas que, una vez en posesión de derechos civiles, pueden representar un peligro para nuestro sistema político, y más importante, de valores.

No se pueden cerrar las puertas sin renegar de nuestros propios principios, pero sí está a nuestro alcance la modificación de las leyes de modo y manera que prevengan posibles futuros peligros, como sería, por ejemplo, la prohibición constitucional de partidos de raíz religiosa o étnica, algo que ya, en España, a nivel municipal tendría consecuencias.

El Islam es totalitario, supremacista y universalista, conceptos que chocan con el humanismo europeo, y nuestras instituciones deben defenderse.

Raúl Suevos

A 3 de febrero de 2026

Traducción en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com

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